Los ciberataques se han convertido en una de las principales preocupaciones para las empresas españolas. Lo que hace unos años parecía un problema reservado a grandes compañías, bancos o administraciones públicas, hoy afecta también a pequeños negocios, autónomos, despachos profesionales, comercios, clínicas, centros educativos y empresas familiares. La digitalización ha abierto nuevas oportunidades, pero también ha ampliado la superficie de exposición. Cuantos más procesos dependen de internet, del correo electrónico, de plataformas en la nube o de sistemas conectados, más importante resulta proteger la información y garantizar la continuidad de la actividad.
La actualidad demuestra que ningún sector está completamente a salvo. Los ataques informáticos pueden bloquear sistemas, robar datos, suplantar identidades, interrumpir servicios o provocar pérdidas económicas. En algunos casos, el daño se detecta de inmediato; en otros, la empresa tarda días o semanas en darse cuenta de que alguien ha accedido a sus archivos, ha utilizado credenciales internas o ha manipulado comunicaciones. Esta realidad obliga a cambiar la forma de entender la seguridad digital. Ya no se trata de preguntarse si una empresa puede ser atacada, sino de prepararse para reducir el riesgo y responder mejor si ocurre.
Uno de los motivos por los que los ciberataques han crecido es que los delincuentes digitales han encontrado fórmulas cada vez más eficaces para llegar a cualquier organización. No siempre necesitan ataques extremadamente sofisticados. Muchas veces les basta con aprovechar un descuido humano, una contraseña repetida, un programa desactualizado o un correo electrónico que parece legítimo. La ciberdelincuencia se ha profesionalizado y funciona, en muchos casos, como una actividad organizada, con herramientas preparadas para engañar, extorsionar o paralizar empresas.
El ransomware es uno de los ejemplos más conocidos. Este tipo de ataque bloquea archivos o sistemas y exige un rescate económico para devolver el acceso. Para una gran compañía, puede suponer un problema serio; para una pequeña empresa, puede ser directamente paralizante. Si no puede acceder a sus pedidos, historiales, facturas, bases de datos o sistemas de gestión, la actividad se detiene. El pago del rescate, además, no garantiza recuperar la información ni evita que los datos hayan sido copiados. Por eso, la preparación previa resulta mucho más importante que la reacción desesperada cuando el daño ya está hecho.
También preocupa el aumento de los fraudes por correo electrónico, ya que los mensajes falsos son cada vez más creíbles y pueden hacerse pasar por bancos, administraciones, proveedores, empresas de transporte o incluso compañeros de trabajo. En muchas ocasiones, el objetivo no es infectar un ordenador, sino conseguir que alguien realice una acción concreta: introducir una contraseña, abrir un archivo, cambiar una cuenta de pago o autorizar una transferencia. Este tipo de engaños demuestra que la ciberseguridad no depende solo de programas informáticos. También depende de la atención, la formación y los protocolos internos.
En este contexto, la primera medida de protección es tomar conciencia. Muchas empresas pequeñas siguen pensando que no son un objetivo atractivo porque no manejan grandes cantidades de dinero o porque su actividad es local. Es un error. Precisamente las pymes pueden ser vulnerables porque suelen tener menos recursos, menos personal especializado y menos controles. Para un atacante, no siempre importa el tamaño del negocio, sino la facilidad con la que puede acceder. Un comercio, una asesoría o una clínica pueden almacenar datos valiosos y depender por completo de sus sistemas digitales para trabajar.
Protegerse no significa convertir cada empresa en una fortaleza tecnológica ni asumir inversiones imposibles. Significa incorporar medidas razonables y constantes. Las contraseñas seguras, la autenticación en dos pasos, las actualizaciones periódicas, las copias de seguridad y el control de accesos son actuaciones básicas que reducen mucho el riesgo. No eliminan por completo la posibilidad de sufrir un ataque, pero dificultan el trabajo de los delincuentes y ofrecen margen de reacción. En ciberseguridad, muchas veces la diferencia está entre ser un objetivo fácil o convertirse en una organización más difícil de vulnerar.
La formación de los trabajadores es otro punto esencial. Un empleado que sabe identificar señales de alerta puede evitar un incidente importante. Un correo con urgencia excesiva, una dirección ligeramente alterada, un enlace extraño, un archivo inesperado o una petición de pago poco habitual deben hacer saltar las alarmas. La empresa debe crear un entorno en el que preguntar no se vea como una pérdida de tiempo. Confirmar una operación por teléfono, consultar con un responsable o detenerse antes de introducir una clave puede evitar pérdidas mucho mayores.
Las copias de seguridad merecen especial atención porque son una de las mejores defensas frente a incidentes graves, según nos explican los informáticos de Omega 2001, quienes nos dicen que, si una empresa conserva copias actualizadas y protegidas, puede recuperar su actividad con más rapidez. El problema es que muchas organizaciones hacen copias sin comprobar si realmente podrán restaurarlas. Otras las mantienen conectadas al mismo sistema que podría ser atacado. La copia de seguridad debe entenderse como un seguro operativo: solo funciona si está bien hecha, si está separada del riesgo principal y si se revisa periódicamente.
La dirección de la empresa tiene un papel decisivo y, en este sentido, la ciberseguridad no puede quedar relegada a “cosas de informática”. Afecta a la facturación, a la relación con clientes, a la protección de datos, a la reputación y a la capacidad de seguir trabajando. Por eso debe formar parte de las decisiones de gestión. Igual que se revisan seguros, contratos, impuestos o riesgos laborales, también debería revisarse el nivel de protección digital. Esta visión es especialmente importante en negocios donde no existe un departamento tecnológico propio.
Otro aspecto de plena actualidad es la dependencia de proveedores externos. Muchas empresas utilizan plataformas de facturación, almacenamiento en la nube, herramientas de gestión, servicios de mantenimiento, páginas web o pasarelas de pago gestionadas por terceros. Esto facilita el trabajo, pero también crea una cadena de riesgo. Si un proveedor falla o sufre un ataque, el problema puede afectar a sus clientes. Por eso conviene saber con quién se trabaja, qué garantías ofrece y cómo actuaría en caso de incidente.
La protección de datos personales añade una responsabilidad adicional. Las empresas manejan información de clientes, empleados y colaboradores. Cuando esa información queda expuesta, el problema no es solo técnico, sino legal y reputacional. Una brecha de seguridad puede obligar a comunicar el incidente, activar medidas urgentes y dar explicaciones a personas afectadas. En un momento en el que los usuarios son cada vez más sensibles al uso de sus datos, la confianza se convierte en un activo difícil de recuperar si se pierde.
También es importante tener preparado un plan de respuesta. Muchas empresas no saben qué hacer cuando detectan un ataque: a quién llamar, qué equipos desconectar, cómo informar internamente, cómo recuperar datos o cómo comunicar el problema. La improvisación aumenta el daño. Un protocolo sencillo, conocido por las personas clave, puede ahorrar tiempo en las primeras horas, que suelen ser decisivas. No hace falta que todas las empresas tengan una estructura compleja, pero sí unas pautas claras para no actuar a ciegas.
¿Cuántos ataques informáticos recibieron las empresas españolas el año pasado?
La cifra que mejor permite medir la presión de la ciberdelincuencia en España durante 2025 es la publicada por INCIBE: 122.223 incidentes de ciberseguridad gestionados en un solo año. El dato supone un aumento del 26% respecto a 2024 y confirma que el problema no solo crece, sino que se mantiene en niveles muy elevados. Aunque esta estadística no separa de forma exclusiva los ataques sufridos por empresas, sí recoge el volumen de incidentes detectados y gestionados en el entorno digital español, donde las organizaciones privadas, los operadores estratégicos, las administraciones y los usuarios conviven dentro de un mismo escenario de riesgo.
La lectura empresarial de ese balance es clara y es que las compañías forman parte de un ecosistema mucho más expuesto que hace apenas unos años. No todas aparecen en titulares, no todas comunican públicamente los incidentes y no todas acuden a los mismos canales de notificación. Por eso, cuando se habla de más de 122.000 incidentes, conviene entender la cifra como un indicador oficial de actividad, no como el recuento absoluto de todo lo que ocurre. La realidad puede ser mayor, porque hay ataques que no se denuncian, otros que se resuelven internamente y algunos que ni siquiera llegan a descubrirse hasta mucho después.
El tipo de incidente más frecuente en 2025 fue el malware, con 55.411 casos. Esta categoría concentró una parte muy relevante del balance anual y volvió a situarse como una de las principales amenazas del panorama digital. Su peso estadístico muestra que los sistemas empresariales, profesionales y domésticos siguen recibiendo una presión constante a través de programas dañinos, infecciones, accesos no deseados y herramientas preparadas para comprometer dispositivos. Para las empresas, el dato es importante porque el malware no siempre aparece como un ataque aislado, sino como una vía para abrir la puerta a otros problemas posteriores.
El segundo gran bloque fue el fraude online, con 45.445 incidentes. Esta cifra representa aproximadamente cuatro de cada diez casos gestionados por INCIBE y supone un crecimiento del 19% respecto al año anterior. Aquí se aprecia una de las tendencias más relevantes: el cibercrimen no se limita a intentar entrar en sistemas, sino que busca engañar, manipular operaciones y aprovechar la confianza en entornos digitales cotidianos. En el ámbito empresarial, este tipo de fraude puede afectar a pagos, compras, comunicaciones, facturas, contrataciones o relaciones con clientes y proveedores.
Dentro de ese contexto, el phishing volvió a tener un protagonismo notable, con 25.133 casos registrados. Más que explicar de nuevo en qué consiste, lo relevante es observar su volumen. La cifra demuestra que sigue siendo una de las fórmulas más utilizadas porque resulta rentable para los atacantes y porque se adapta fácilmente a diferentes sectores. Puede dirigirse a una gran corporación, a una pyme, a un despacho profesional o a una tienda online. Su éxito no depende únicamente de la tecnología utilizada, sino de la capacidad para parecer oportuno, urgente o verosímil en el momento adecuado.
El robo de información también aparece como una categoría significativa, con 3.849 incidentes relacionados con accesos o sustracción no autorizada de datos digitales o confidenciales. Este dato resulta especialmente sensible para las empresas porque afecta a uno de sus activos más valiosos: la información. La pérdida o exposición de datos internos, documentación comercial, bases de clientes o información personal puede generar consecuencias que van mucho más allá del incidente técnico. Puede afectar a la confianza, a las relaciones contractuales y a las obligaciones legales de la organización.
El ransomware, aunque mucho menos numeroso en términos absolutos, mantuvo una presencia preocupante con 392 casos registrados dentro del bloque de malware. Su importancia no se mide solo por el volumen, sino por la gravedad de sus efectos. En muchas estadísticas de ciberseguridad, este tipo de ataque aparece como uno de los más dañinos para las organizaciones por su capacidad para interrumpir la actividad y generar costes elevados. En el balance anual, su cifra queda lejos del phishing o del fraude online, pero su impacto potencial lo convierte en una amenaza especialmente vigilada.
Otro dato relevante del informe es la detección de 237.028 sistemas vulnerables. Esta cifra ayuda a entender que el problema no se limita a ataques ya consumados. También existe una enorme superficie técnica expuesta que puede ser aprovechada si no se corrige a tiempo. Para las empresas, este punto es especialmente importante porque muchas vulnerabilidades no se perciben desde fuera de la organización hasta que alguien las explota. El volumen detectado muestra que la prevención no depende solo de reaccionar ante incidentes, sino de reducir debilidades antes de que se conviertan en una puerta de entrada.
El INCIBE también informó de 401 incidentes gestionados en operadores esenciales e importantes. En este apartado, la banca concentró el 34% de los casos, seguida del transporte, con el 14%; la energía, con el 8%; las infraestructuras de los mercados financieros, con el 7%; y aseguradoras y fondos de pensiones, con el 6%. Estos porcentajes permiten observar dónde se concentra parte de la presión sobre actividades críticas. No se trata únicamente de negocios concretos, sino de sectores que sostienen servicios de gran relevancia económica y social.
La distribución por sectores confirma que los ataques no responden a una única motivación. En algunos casos buscan dinero rápido; en otros, datos; en otros, interrupción de servicios; y en otros, acceso a redes que puedan tener valor posterior. Esta diversidad explica por qué las cifras son tan amplias y por qué el balance anual no puede reducirse a un solo tipo de amenaza. El cibercrimen actúa sobre distintos puntos del sistema económico y adapta sus métodos a cada oportunidad.

